Esta colaboración brota a resultas de la distribución panfletaria del desarrollo perifrástico del proyecto Niemeyer: la isla de la innovación. He tropezado reiteradamente con una duda, la elección de un título para estas líneas. Varias han sido las opciones. La primera, la isla de San Borondon, perdida entre las brumas, en el viaje celta de Saint Brendan a la tierra prometida, las islas de la felicidad y la fortuna. Después, en la ínsula Barataria transformada también en Fundación por la Comunidad de Castilla la Mancha, en fines coincidentes al asentamiento avilesino. El señor de la Barataria regional, como en la obra cervantina, proyecta su imagen desde el faro que esparce las nieblas de la costa astur.
La vacilación nominal perdió sentido en la hormigonera de la política asturiana y la evocación de los sucesos acaecidos en el siglo XIV frente a Notre Damme de Paris.
Los equipamientos, que darán lustre al Niemeyer, haya el respaldo de la aclamación popular. Los rostros sonrientes me han ensombrecido al identificar a la nomenklatura encerrada en el papel diario. El tiempo, los años y las décadas, hace incólumes a los funcionarios del PSOE. El sr Carlos Robles, el antiguo concejal de la cosa urbanística avilesina y jugador universitario del parchís en los salones del SEU en la calle Calvo Sotelo de Oviedo, resiste incrustado en los brazos peludos del poder, en el Parque Empresarial del Principado de Asturias (PEPA); nada que ver con la constitución liberal de 1812. Ahí sigue, comiendo fichas, entre el juego de la oca y el templarismo medieval. Ahora es el turno de don Santiago Rodríguez Vega, ex alcalde y ex edil durante cuatro lustros, tras su probada competencia en la gestión de infinidad de multinacionales y empresas de proyección internacional pendientes de identificar. El mismo trayecto dibujado por el pater amantisimus dispuesto a controlar los resortes astures ad limitum. Así son las cosas, la innovación se acometerá por los fósiles cuya incompetencia sobrepasa a sus propios afanes.
Cierto es que, de frente, el PP local muestra una imagen especular a la trayectoria totalitaria del PRI socialista, vampiros del mismo pueblo, de las mismas calles, de la misma gente que ausente de criterio permanece impasible al ademán sorbido de los tiempos franquistas. Más funcionarios de partido a mantener por la idiocia amaurótica de la sociedad civil. He de decir, que no conozco, ni me une lazo alguno, con el señor Manuel Peña, ex aspirante al sillón municipal. Por tanto, libre de las ataduras del compromiso, puedo expresarme sin franquicias ni intereses que abonar a prestamista alguno. Desconozco sus pecados, en cuantía y magnitud, pero la diatriba de sus correligionarios a la rosa de los vientos, habla poco y mal, mucho y peor, de los difusores de la problemática interna. Parece que el debate en el PP ante el próximo congreso obliga a evaluar las hipotecas y los pagarés que habrán de amortizar a fecha fija. El espectáculo habría de reservarse para su estreno en la recreación del Niemeyer de Autocad.
Al sr. Peña le han quemado en nuestra isla particular, tal que en el río Sena, frente a Notre Damme de Paris, en la llamada isla de los judíos, sufrió la hoguera, el dieciocho de marzo de 1314, Jacques de Molay, el maestro XXII de la Orden del Temple. Una acción producto de la indiferencia del papa Clemente V (Ovidio Sánchez) y el ambicioso rey Felipe IV (Joaquín Aréstegui) Así la codicia partidaria ocupó las azoteas de la ambición bajo el rostro diabólico de las gárgolas de Notre Damme. Con los pies entre las llamas el templario emitió su última admonición: Clemente, papa, yo os emplazo ante el Tribunal de Dios en cuarenta días, y a vos rey Felipe antes de un año. En el plazo estipulado ambos contemplaron al Eterno.
En escasos meses, el conclave del PP, ajustará sus cuentas en la espera popular que el viento cambie de dirección y rueden las cabezas impías. Dice la tradición, que tiempo después del oprobio templario, se acometió la venganza en los sucesores del rey de Francia, y Luis XVI y su esposa Maria Antonieta, acabaron encerrados en la prisión del Temple a la espera de la guillotina. Cuentan, los amasadores de historias, que aún fluía la sangre real a borbotones cuando un espontáneo mojando sus dedos en ella gritó a la muchedumbre: Yo te bautizo pueblo en nombre de la libertad y de Jacques de Molay.
Sólo cabe confiar y derribar el coloso para enfrentarse, en la última batalla, al siglo XIX que persiste en refugiarse tras lo que ni es isla, y menos innovación, sólo hormigón. En tanto el gobernador VAAA (Vicente Alberto Álvarez Areces) persiste pródigo en dádivas, pues dice Sancho Panza que <<dádivas quebrantan peñas>> (perdone don Manuel), aunque todo tiene su <<memento mori>>: recuerda que vas a morir.
La isla de los judíos
abril 19, 2008 por ithacius
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